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El amor de una madre, el origen de todo

Actualizado: 2 may

El amor de una madre es una de las formas más suaves en las que Dios nos sostiene en la vida.


De pequeña, me bastaba verla para sentir que todo estaba en su sitio. Su sola presencia ordenaba el mundo sin necesidad de palabras. A su alrededor, la vida encontraba descanso.


Crecí a su lado también en la fe. Recuerdo aquellas noches en las que rezábamos juntas antes de dormir: la casa en silencio, la luz suave, su voz guiándome. En esa oración compartida sentía una paz que entonces no sabía nombrar, pero que hoy reconozco como algo profundo. Después venía su beso de buenas noches, y con él el día se cerraba como si nada pudiera hacernos daño.


La observé siempre, sin saber que en lo cotidiano recibía mis primeras lecciones de vida.


La infancia está hecha de gestos pequeños que, sin saberlo, te van formando por dentro. Un recuerdo precioso es la colada blanca sobre la hierba. Me gustaba ayudar a mi madre en esos momentos: el sol, la luz atravesando las sábanas, el aire moviéndolo todo… y yo sentía que estaba entre ángeles, como si aquel instante perteneciera a algo más grande que yo.




El jardín de mi abuela, siempre lleno de flores preciosas, también forma parte de mis primeros recuerdos. Mi madre las recogía con delicadeza y hacía con ellas ramos que parecían pequeños regalos de belleza. Había en ella una forma de mirar lo sencillo que lo transformaba todo. De ahí nace también mi amor por las flores, de esa manera suya de cuidarlas y darles vida.


Me enseñó a cuidar mis libros, mis cuadernos, el colegio, a cuidar lo que hacía. No era solo hacerlo bien, era hacerlo con respeto. Recuerdo cómo se preocupaba de que saliera limpia, bien arreglada, con la ropa cuidada y ese olor a frescura propio de la infancia bien atendida.


También en torno a la mesa aprendí algo más profundo: a ponerla, a respetar los horarios de las comidas, a sentarnos siempre a comer juntos, a valorar lo que había, a entender el esfuerzo que lo hacía posible, a vivir en familia.


Había en todo ello una forma silenciosa de enseñarme a habitar el mundo con respeto, como una educación del alma que se quedaba sin palabras.


Ella lo dio todo. Trabajó fuera de casa cuando hizo falta, y dentro nunca dejó de sostenerlo todo. Cuando la vida apretaba, era la mejor economista que he conocido: sabía organizar, prever, estirar cada recurso y sostener sin que nada se rompiera. Y, al mismo tiempo, seguía siendo madre en cada gesto.


Luchó por mí y por mis hermanos con una entrega que no hacía ruido. Muchas veces se dejó a sí misma en segundo plano. Sus sueños quedaron en silencio para que los nuestros pudieran crecer.


Ha estado en mi vida incluso cuando yo no sabía cómo seguir. Su manera de acompañar nunca fue protagonista: era firme, constante, casi invisible. Como una raíz que sostiene sin mostrarse. Sin imponer, me fue guiando hacia dentro: hacia la confianza, hacia la calma, hacia algo que entonces no podía nombrar, pero que hoy reconozco como fe.


Me enseñó a ser una mujer libre, luchadora, honesta, fuerte, independiente y entregada. Me enseñó que la verdadera fuerza no se impone, sino que se sostiene; que la libertad no está reñida con el amor, y que la entrega no debilita, sino que construye y eleva.


Más adelante llegaron otros tiempos. Con ellos, las excursiones que tanto le gustaban. Yo las organizaba porque sabía lo feliz que le hacían. Caminábamos juntas, reíamos, descubríamos lugares nuevos… y todo se volvía más ligero, más vivo, más verdadero.


Los paseos por la naturaleza con ella tenían algo especial. El aire, el silencio, el caminar sin prisa… todo tenía un sentido que no hacía falta explicar. Era simplemente estar. Y en todo ello había algo más grande que lo visible. Algo que sostenía en silencio.


Porque el amor de una madre no siempre se dice. Se vive. Se respira. Se queda.


Hoy, todo eso también vive en El Torreón Gourmet, no como una idea, sino como una forma de entender la vida. Todo nace de ese mismo lugar: lo sencillo, lo cuidado, lo hecho con amor.


Y siempre, como un hilo que lo une todo, flores secas. Como en su mundo. Como una forma de decir sin palabras lo que permanece.


Porque hay cosas que no se explican. Solo se viven.

Y cuando se viven desde el amor, se quedan para siempre.

Que Dios bendiga a todas las madres.

Y que en su amor podamos reconocer siempre algo de lo eterno.



Con todo mi cariño, gratitud y fe,

Nuria

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