un abrazo de papá en forma de cesta
- 13 mar
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Actualizado: 1 abr
Dios nos regala muchas bendiciones en la vida, y una de las más grandes es el amor de un padre.
Recuerdos que abrazan el alma
De niña, mi padre era mi refugio. Su mirada cálida y serena parecía envolverlo todo. Cuando mis juguetes se rompían entre mis manos pequeñas, él se agachaba con paciencia, los arreglaba y los devolvía a la vida con una sonrisa tranquila. Yo lo observaba con admiración, deseando parecerme a él, sintiendo que a su lado todo estaba bien, que el mundo era un lugar seguro sostenido por el amor.

En los días fríos, mis manos buscaban las suyas, y él las tomaba con cariño, transmitiendo un calor que llegaba hasta el corazón. Cada gesto suyo era una forma de cuidado, una caricia que hablaba sin palabras. Cuando me dolía la tripa, sus manos suaves me calmaban, y el mundo parecía detenerse mientras estaba allí, conmigo.
Y en los veranos, sus abrazos eran mi fuerza para saltar las olas del mar. Me sostenía con alegría mientras el agua venía hacia nosotros, y yo sentía que nada podía hacerme daño mientras estuviera entre sus brazos. En aquellos momentos aprendía, sin saberlo, que el amor de un padre también es valentía, protección y confianza.
Pequeños gestos llenos de ternura
Sus viajes para visitar a mi abuela estaban llenos de pequeños gestos de ternura. Yo esperaba junto a la ventana hasta verlo regresar. Y entonces aparecía con aquellos caramelos tan especiales, pequeños tesoros que parecían decir: “pienso en ti, te quiero, Dios nos cuida”.
Los paseos por el monte eran casi como una oración hecha camino. Caminábamos entre árboles, hojas húmedas y aire limpio, recogiendo setas mientras aprendía a mirar la naturaleza con respeto y gratitud. Las meriendas junto al río eran sencillas, pero estaban llenas de paz: el murmullo del agua, el canto de los pájaros y la alegría tranquila de estar juntos.
A mi padre siempre le ha gustado pescar, y muchas veces lo acompañaba. Me enseñó que la pesca necesita silencio, paciencia y respeto por la vida. En esa quietud descubrí algo muy profundo: que los momentos compartidos con amor son un regalo que Dios pone en nuestras manos.
Nuestras cestas: pequeños detalles llenos de amor
Hoy, todos esos recuerdos siguen vivos en mi corazón. Y de alguna manera también viven en mi tienda, El Torreón Gourmet. Cada cesta que preparo nace del mismo espíritu con el que mi padre hacía las cosas: con cuidado, paciencia y amor. Porque cuando algo se hace con el corazón, se convierte en un regalo que llega al alma.
Cada dulce, cada queso, cada conserva, cada vino lleva consigo un pedacito de nuestra tierra, de nuestra historia y de nuestra fe. Cada cesta se acompaña además de un pequeño ramillete de flores secas, que para mí son mi máxima expresión de amor. Son parte de mi historia, mis momentos de conexión espiritual, donde conecto con mi propio ser, con mi luz y con Dios. Son gestos sencillos, llenos de ternura y bendición, pensados para decir algo muy grande: “gracias, papá”.
Y es con ese mismo amor que quiero compartir contigo nuestros regalos para este Día del Padre. Cestas pensadas para emocionar, sorprender y acompañar a quienes más queremos, transmitiendo ternura y gratitud en cada detalle.
Porque los regalos hechos desde el corazón no solo se reciben…se sienten, se recuerdan y permanecen en el alma.
Que Dios bendiga a todos los padres, y que su amor nos recuerde siempre que cada momento compartido es un tesoro.
Con todo mi cariño, gratitud y fe,
Nuria.

